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Nunca hasta entonces



Catalina servía en la Casa Grande.

—¡Catalina!
El grito sonó como el trueno de una tormenta, bajó las escaleras, entró en la cocina y rebotó a los pies de Catalina. Esta dio un respingo y apenas alcanzó a sostener la taza favorita de la señora y con la que había tomado el té a media mañana.
—Anda, niña, ya seguirás luego con eso. Sécate las manos y sube a ver lo que quiere doña Urraca, que bien que le pusieron el nombre sus padres, que en gloria estén.
Catalina alcanzó el paño y se secó las manos tan deprisa que cuando Paquita la cocinera acabó de santiguarse, había abandonado ya la planta del servicio y se estiraba el delantal ante la puerta cerrada del salón.

Catalina era callada.

—Ya estás aquí. Ha venido el señor Ruesgas, el hermano menor del señor. ¿Te acuerdas de él? Estuvo hace unos meses con nosotros. Arregla la alcoba azul como la otra vez; el señorito se quedará un par de semanas.
Catalina se inclinó ante la señora y ante el invitado.
—Sí, señora, ahora mismo, señora. Señorito… —musitó y se dio la vuelta para irse.
—¿No te olvidas de algo?
—¿Perdón, señora?
—El equipaje del señorito. Está en la entrada. Súbelo.
—Le ayudo, que es trabajo pesado.
Ella se lo agradeció con un gesto, pero la señora detuvo el ofrecimiento.
—De eso nada. Tú te quedas a hacerme compañía y a contarme qué has hecho en estos meses.
Él no pudo soltarse del brazo de la señora.
—Sobrevivir, querida cuñada, me he limitado a sobrevivir —escuchó Catalina que contestaba.

Catalina era eficaz.

Airear la alcoba, levantar mantas, sábanas y colchas, sacudir alfombras, hacer desaparecer el polvo, deshacer maletas, colgar camisas, chaquetas y pantalones, guardar botines y colocar pañuelos, calcetines, puños y cuellos, tirantes y pijamas.
Medio día le costó componer el cuarto. Media vida al ver que llegaba la noche.
El señorito no subió a cambiarse de ropa, la señora lo tenía completamente acaparado. El señor llegó tarde y la cena se alargó. Eran muchas las noticias a dar, muchos los asuntos que tratar. La señora se retiró y los hombres encendieron los cigarros. Catalina subió el café.
Eran más de las doce de la noche cuando Paquita la dejó sola.
—No te preocupes, yo me ocupo de los señores. En un rato, subo y recojo el servicio.
La cocinera la premió con un sincero apretón de manos.
—Eres una buena chica. El hombre que te consiga, será muy afortunado.

Catalina nunca había tenido novio.

No era la primera vez que recorría la casa a oscuras. La señora no era muy generosa con los cabos de vela, mucho menos con el queroseno de los quinqués.
El clin-clin del entrechocar de tazas y platos ocultó el sonido de las pisadas.
Unos brazos rodearon su cintura desde atrás. Catalina no se alarmó; conocía el tacto de sus manos, la cadencia de su respiración, la suavidad de aquellos labios sobre su cuello. No era la primera vez que compartía caricias, besos y sueños con aquel hombre. Aunque después de su marcha, pensó que no había sido más que un espejismo y, sin embargo, ahora…
—He venido a llevarte conmigo —susurró él.
Él, el señorito; él, Damián.
Catalina suspiró, su cuerpo se relajó y lo dejó caer con suavidad. Apoyó la espalda sobre su pecho.

Catalina servía en la Casa Grande, era callada y eficaz y nunca había tenido novio. Hasta entonces.

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