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Por navidad

Con la navidad ya pasada y a la espera de que el cronómetro anual se ponga de nuevo a funcionar, os dejo un pequeño cuento.

Juan se despertó de pronto. La oscuridad de su cuarto sólo se veía rota por la fina línea de luz que se deslizaba por debajo de la puerta.

El corazón le dio un vuelco. ¡Los regalos!
No se lo pensó dos veces. Se levantó de la cama de un salto. Sabía que no podía arriesgarse o de lo contrario todos los presentes se desvanecerían como la nieve cuando la tocaba. Sus padres se lo dejaban muy claro todos los años. “No te levantes, sobre todo si escuchas algún ruido”.
Se lo pensó un segundo, pero un cosquilleo en su interior pudo más que él. Bajó la manilla despacio y tiró. Caminó por el pasillo hacia la claridad que llegaba de abajo. La mullida alfombra amortiguó sus pasos. Desde arriba, no alcanzó a ver nada y se deslizó por los escalones con el mismo sigilo que usaba para sorprender a las lagartijas que dormitaban sobre la valla del jardín en las tardes de verano.
Se quedó paralizado en mitad de la escalera al escuchar unos pasos procedentes del salón. Se quedó sin aliento.
—¿Quién está ahí?
Un suspiro de alivio se escapó de la garganta de Juan.
—¿Mamá?
—¿Qué haces levantado?
—¿Y tú?
Su madre tenía puestos el abrigo y la bufanda, y llevaba los guantes en la mano. Estaba a punto de salir de casa.
—¿Te marchas?
—¿Quieres venir?
—¿Ahora? ¿A la calle?
La sonrisa de su madre hizo desaparecer toda duda. Asintió.
—Corre arriba y coge la cazadora gris. Ponte unos pantalones encima del pijama. Y las botas, no te olvides de las botas.
Juan no tardó ni dos minutos en sentir el crujido de la hierba helada bajo sus pies.
—¿A dónde vamos?
—A la parte alta del pueblo. Detrás de la casa de la Señora María hay una colina, desde allí la podremos ver.
—¿Qué vamos a ver?
—Espera un poco y lo sabrás.
Pero media hora más tarde la paciencia de Juan estaba llegando a su límite.
—¿Qué hacemos aquí mirando al cielo?
—Esperar a la estrella.
—¿A qué estrella?
—La que pasa todos los años.
Juan escudriñó de nuevo las alturas.
—Pero ¿cómo la vamos a ver si no hay más que nubes?
Su madre no le contestó, se limitó a revolverle el pelo y, después, le dio un beso en la cabeza. Juan se apretó contra su pecho.
Y en el mismo instante en el que el reloj de la iglesia daba las doce de la noche y Juan luchaba contra el sopor que el abrazo materno le provocaba, la vio.

La estrella fugaz pasaba a un costado de la luna. Las nubes que ocultaban el cielo habían desaparecido como por arte de magia.

Y Juan supo que en adelante, aquella sería siempre la noche más mágica de todo el año.

Y así acaba este cuento con la esperanza de que vuestras nubes se retiren para dar paso a todas las estrellas fugaces que los cielos invernales sean capaces de albergar.

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