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Cuando todo acababa...



Susana esperaba a que el resto de los actores terminara de vestirse. Estaba nerviosa y, como todos los días, contaba los minutos que faltaban para las ocho. Era su momento preferido, el instante en que las voces se volvían susurros. Le encantaba escuchar los trozos de parlamentos, olvidados de tan repetidos.
Frases del Tenorio, de Fausto o de La cantante calva, de Romeo y Julieta, de La noche y el alba o de La sirena varada, le daba igual. Se metía en las escenas, las recitaba para sí al tiempo que los protagonistas antes de salir a escena, seguía las palabras que, en breve, llenarían el teatro. Con ansia, dejaba agotar el tiempo; temblando, seguía el lento avance del minutero.
Y de repente todo eran prisas, arreglos de vestidos, retoques de peinados y nervios, muchos nervios. Alguien decía: «Es la hora» y en la sala se escuchaba aquella voz enlatada que advertía sobre los teléfonos móviles.
Empezaba la función. Telón arriba y…
Le impresionaba el silencio, y la oscuridad, como si el mundo hubiera desaparecido tragado por un agujero negro y solo quedaran en pie las tablas del escenario.
Cada obra era distinta, cada personaje una nueva existencia. Vivía con ellos, moría por ellos. Recitaba las palabras una y otra vez durante los meses que permanecían en cartel. Se aprendía la historia, sufría con el amor de doña Inés, padecía la locura de Ricardo III, disfrutaba de las aventuras del Quijote.
Soñaba.

Y cuando voces y aplausos terminaban, cuando las luces se apagaban y los actores desaparecían, ella cogía de nuevo cubo y fregona y recorría los pasillos vacíos repitiendo sin cesar el papel que había elegido. Entonces, era cuando empezaba su vida.

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