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Los amantes

Blanca, muy blanca. Vacía, muy vacía. Triste, sola. Esperando el momento de teñirse de negro. Pero su turno no llega. Oye respirar al hombre y espera. Y espera. Casi puede escuchar las ideas bullendo en su cabeza. Sin embargo, él sigue con los dedos quietos. Y piensa, «le falta valor».

«Es cierto», reconoce el hombre en silencio, «me falta valor». Valor para empezar, porque eso significará la responsabilidad de terminar. Pasará más de un año escupiendo ideas, revisando imágenes, estudiando situaciones. ¿Y para qué? Para vaciarse por dentro. Y así, siempre, una y otra vez. Siempre la misma historia, siempre el mismo destino.

«No se atreve.» «No me atrevo.» Y sigue con las manos en alto, dispuestas. Durante un rato, mucho rato. Hasta que de pronto las posa sobre él.

¡Ah! A punto está de encogerse de placer. Sus dedos lo acarician, recorren suavemente, aprietan sus pulsos. ¡Ah! Sabe que ha vencido, que lo ha conseguido. Lo tendrá día y noche pendiente de él. Durante más de un año, el hombre será su esclavo. ¡Por fin!

«¡Por fin!», exclama el hombre en silencio, «¡por fin!», vocea su mente. ¡Por fin la bendita inspiración!

En medio del espacio en blanco de la pantalla aparece:

Los amantes se despidieron como si fuera su último adiós. Lo era, solo que ellos aún no lo sabían.



Y los dedos del hombre empiezan a correr por el teclado.

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