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¿Cómo hacer para que...? Elegid, realidad o ficción.

Hace poco más de una semana estuve en Loarre, un pueblo de la provincia de Huesca con un castillo del siglo XI que quita el hipo.
 

En realidad, no caí por allí de casualidad sino que acudí a la llamada de Mar Giménez Cuello para presentar mi última novela Acordes de seda en el I Fin de Semana Romántico de Loarre.

Debería haber hecho una crónica a mi vuelta, lo sé, ya que es lo que se espera en estos casos. El problema es que nunca sé qué decir, aparte de ¡Gracias, gracias, gracias, me lo he pasado genial! Las comidas, cenas y desayunos de charla sin fin, conocer a gente nueva, divertida e interesante a partes iguales, son excusas suficientes para acudir a cualquier evento, pero si encima lo aderezamos con visitas culturales y la posibilidad de hablar de mi último trabajo publicado, lo hace perfecto.

Como os decía, el sábado 18 tuve la oportunidad de presentar Acordes de seda, después de que Teresa Cameselle hablara de El mapa de tus sueños y mi queridísima Pilar Cabero de su Entre lo dulce y lo amargo.

Casualidad o gusto de la organizadora (de nuevo mil gracias a Mar), no lo sé, pero el caso es que las tres novelas están ambientadas en el pasado de nuestra historia y resultó que las tres presentaciones tuvieron muchos puntos en común. La documentación, el principal. Las preguntas de la gente se ciñeron mucho a este tema. Se habló de los problemas de conocer tal o cual dato, la dificultad de la ambientación, etc.

Yo insistí en que, tal y como lo veo, no se trata tanto de ceñir la historia a los hechos históricos sino en hacerla encajar en la realidad social de la época. Aquí fue cuando me hicieron la pregunta del millón. Más o menos fue esta. “¿Cómo hacer para que, aunque la relación entre los protagonista se atenga a las reglas actuales del amor, no chirrié en una historia ambientada en… (elegid vosotros mismos el siglo, siempre que sea del XIX hacia atrás)?”

Y he aquí mi respuesta (de nuevo más o menos): “Pues hago lo que buenamente me parece.”

Soy completamente consciente de que mis personajes se mueven en un mundo en el que mujeres y hombres vivían completamente ajenos los unos de los otros, en el que la mujer estaba varias docenas de escalones por debajo de sus maridos, padres y hermanos y de que el opresión de la religión sobre cada uno de sus movimientos era mayor que las piedras que movía Perurena en las competiciones de levantamiento de peso. 

(Para muestra un botón.)


Sin embargo, a pesar de ello, me aferro a la ilusión de que «mis» protagonistas sean una de esas «otras» mujeres especiales que desafiaban a las normas y vivían su vida de otra manera. Nunca elijo a un héroe o a una heroína porque a mí lo que me interesa son las vidas de tantos y tantas hombres y mujeres anónimos que bien se merecieron ser alguna vez los protagonistas de nuestras novelas.

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